El cambio climático ha mutado; de futurible pesimista a una realidad cotidiana y tétrica. Más de 5.000 personas han muerto este verano en España a causa de las altas temperaturas y las cuatro olas de calor sufridas hasta el momento. La campaña de incendios forestales de este verano ha sido terrible, con récords de hectáreas abrasadas, con 14 fallecidos en el incendio de Los Gallardos, un cruel ejemplo de que los fuegos que se prenden en esta atmósfera son casi siempre salvajes, rápidos y letales. El recuerdo de la DANA en el País Valencià aún duele, por el desastre y por la impunidad. La crisis impacta directamente en la vida de la clase trabajadora. No solamente a los más expuestos: el resto ve cómo su día a día se vuelve cada vez más difícil y más miserable.
No podemos dormir. Estamos más irascibles, más reactivas. Planificar un viaje para descansar, descubrir nuevos lugares o visitar a amigues o familia es tener que esquivar cancelaciones, miedo, dibujar un plan B para la huida. Nos aislamos en la impotencia y en el cinismo al comprobar cómo las políticas neofascistas y fósiles se ríen de nosotres y de nuestros muertos. Y mientras tanto, buena parte de dicha clase trabajadora consume y difunde propaganda negacionista. La creencia en el origen antropogénico del cambio climático -o en su simple existencia- ha caído varios puntos en el Estado español en los últimos años porque de poco han servido para evitarlo ni tantos esfuerzos militantes, ni la evidencia, ni la divulgación.
No podemos, tampoco, seguir pensando en aplicar las mismas recetas, cerrando los ojos y rezando para que funcionen, en este clima recalentado y violento.
La necesidad de adaptación es evidente para cualquiera que haga un mínimo acercamiento a la problemática. Hay casi infinitas medidas que se pueden tomar desde las instituciones para que vivamos mejor en este nuevo clima: abandono de cauces peligrosos para la construcción, arbolado en las ciudades, cuidado de las masas forestales, refugios climáticos, piscinas públicas, redes y financiación para los cuidados. Pero no quieren hacerlo; supondría reconocer su incompetencia y su inacción criminal. Los Gobiernos reaccionarios del Estado español han decidido dejarnos morir. En la próxima ola de calor, en el próximo incendio y en la próxima tormenta.
No creemos que solo el pueblo salve al pueblo. Pero el Estado no llega a todos lados, no con la rapidez suficiente y a veces, simplemente, no quiere llegar. La respuesta no puede ni debe recaer, por contraposición, en el individualismo; almacenar víveres, montar kits de emergencia, resguardarnos en soledad y levantar la barrera del cinismo. La adaptación, por otro lado, no tiene por qué ser patrimonio exclusivo de lo institucional. Queremos que la adaptación sea también nuestro patrimonio, nuestro día a día, nuestra fuerza y nuestra alegría militante. Las conferencias, los encuentros, los discursos y los manifiestos como este son útiles, pero queremos empezar a mancharnos las manos.
Queremos actuar directamente durante las olas de calor. Queremos bajar a la calle y subir a las casas y echar una mano a quien no puede o no sabe aislar su domicilio. Queremos volver a tejer redes, que nos escuchemos, que nos miremos a la cara y que abordemos juntas la ansiedad climática para hacerla pequeña, minúscula, que apenas suene. Queremos ser les primeres que se presten voluntaries ante un desastre y explicar que les militantes climáticos no son los pesados que te dicen cómo vivir, sino los que te acompañan hacia una vida mejor, más tranquila y más segura. Queremos señalar, presionar, molestar, inundar al político que cree que tus hijes no necesitan aire acondicionado en las aulas y que te provoca una indisposición en el metro. Durante todo el año. Y queremos generar un refugio, no solo físico, en el que no solamente acallar la impotencia. También construir nuevas alianzas, nuevos vínculos y, por qué no, pasarlo bien, sin que suponga un sacrificio más en nuestras vidas, muchas de ellas al límite. Si podemos hacer que alguien no se sienta abrumado, sino con ganas de pelearlo y de ser útil para su comunidad, cuando el desastre arrasa, el calor aprieta y los fachas la rodean: si podemos lograr que una sola persona viva en vez de sucumbir en la próxima noche tropical:
habrá merecido la pena.
No queremos, de hecho, simplemente adaptarnos. El cambio climático no es simplemente algo que sucede, a lo que hay que acostumbrarse, intentar poner buena cara y evitar el máximo daño posible. Es un fenómeno con responsables. Responsables de evitar recortes ambiciosos en las emisiones que podrían haber aminorado los impactos. Responsables de invertir millones de euros en que te creas su propaganda, en que pienses que la élite no es Repsol, sino el alcalde de izquierdas de tu pueblo. Responsables de que tengas que seguir yendo a currar cuando el cielo se cae, de que tu ciudad sea una ratonera dentro de un horno, de que el activismo climático afronte el abismo de la cárcel mientras los escuadristas de desokupación se codean con la Policía.
Queremos pasar de la adaptación a la autodefensa. Y no podemos hacerlo solos.
Si quieres saber más detalles de nuestra próxima iniciativa, qué actividades planeamos, cuándo nos presentaremos y cómo participar, deja tu correo aquí y te iremos informando.
El nuevo clima ya está aquí. Ha llegado, también, el momento de darle la vuelta. Y que cuando el cielo golpee, respondamos.
